Por: Jessica Herrera
En los últimos años escuchamos hablar cada vez más de igualdad de género, inclusión y oportunidades educativas para todos. En las escuelas se desarrollan charlas, programas y actividades orientadas a promover el respeto y la igualdad entre niños, niñas y adolescentes. Sin embargo, existe una pregunta que pocas veces nos hacemos con suficiente profundidad ¿podemos hablar realmente de igualdad educativa cuando las condiciones económicas, sociales y culturales de los estudiantes son tan diferentes?
La educación está reconocida como un derecho. La Constitución dominicana establece en su artículo 63 que toda persona tiene derecho a una educación integral, de calidad, permanente y en igualdad de condiciones y oportunidades.
El principio parece claro, la educación no debería depender de la posición económica, social o familiar de quien nace en este país.
Pero entre reconocer un derecho y garantizar que ese derecho pueda ejercerse existe una gran diferencia.
La igualdad educativa no puede reducirse a que todos los estudiantes reciban el mismo programa de clases, ocupen un asiento en un aula o reciban determinados servicios escolares. Tampoco puede limitarse a hablar de igualdad de género durante una jornada, una charla o una fecha conmemorativa. La verdadera igualdad debe observarse en las condiciones que permiten a cada niño, niña y adolescente acceder a la escuela, permanecer en ella, aprender y desarrollarse dignamente.
¿De qué igualdad estamos hablando?
Por que seamos honestos -honestas hablar de igualdad no significa necesariamente proporcionar exactamente lo mismo a todas las personas.
En educación es necesario distinguir entre igualdad y equidad.
La igualdad parte del reconocimiento de que todos posean los mismos derechos y deben recibir un trato sin discriminación, así se consagra en el Artículo 39 de la Constitución de la República Dominicana, dictando que todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, con derecho a la misma protección, trato y oportunidades.
La equidad de género por su lado según la RAE se define como un principio de justicia relacionado con la idea de igualdad sustantiva y el reconocimiento de las diferencias sociales, que toma como base la diferencia sexual.
Y ejemplo tan simple, podemos verlo en casos de una gran cantidad de estudiantes, que pueden estar matriculados en el mismo sistema educativo, tener el mismo currículo y recibir las mismas horas de clases, pero sus condiciones de vida pueden ser completamente diferentes. Uno puede disponer de transporte, alimentación adecuada, acceso a internet, dispositivos tecnológicos, útiles escolares y acompañamiento familiar. Mientras otro por su lado puede enfrentar dificultades económicas, problemas de transporte, inseguridad alimentaria o responsabilidades familiares que dificulten su asistencia y rendimiento, formalmente, ambos tienen el mismo derecho, pero no cuentan con mismas oportunidades.
Por lo que sus posibilidades reales de ejercerlo no necesariamente son iguales a las de los demás, justo ahí radica la desigualdad.
También mientras hablamos de igualdad de género, debemos observar algunas prácticas cotidianas que pueden dar cabida a estereotipos dentro de los propios espacios educativos.
Porque la escuela no solamente transmite conocimientos académicos. También transmite valores, comportamientos y formas de relacionarnos con los demás. Por eso, cuando vemos que a niños y niñas se les asignan determinadas tareas o comportamientos exclusivamente por su sexo, se están transmitiendo mensajes sobre aquello que supuestamente corresponde a cada uno, es cuando empezamos a transferirle creencias que generan estereotipos.
Todavía resulta necesario preguntarnos qué ocurre cuando una niña quiere participar en una actividad tradicionalmente considerada “de varones” o cuando un niño demuestra interés por una actividad que socialmente se ha asociado con las niñas. ¿Se les permite desarrollarse libremente o se les recuerda que existen actividades para niños y actividades para niñas?
También debemos cuestionar aquellas prácticas en las que se establecen diferencias injustificadas entre estudiantes por razón de sexo, incluso en aspectos tan cotidianos como la alimentación, las responsabilidades o las expectativas sobre su comportamiento, porque todavía escuchamos en los plateles decir, a los niños se le debe dar más comida, porque los varones comen más que las hembras, pero si las niñas quieren comer más eso se cuestiona.
No se trata de afirmar que todas las escuelas actúan de la misma manera. Se trata de reconocer que los estereotipos de género pueden reproducirse incluso en espacios cuyo propósito es precisamente educar para la igualdad y esto sí que resulta paradójico.
Por eso, que las escuelas ofrezcan una charla sobre igualdad de género puede ser importante, pero no es suficiente mientras vemos que muchas veces las prácticas cotidianas contradicen el mensaje que se intenta transmitir.
¿De qué sirve hablar de igualdad si algunos no pueden llegar a la escuela?
Es fácil discutir sobre la manera en que niños y niñas son tratados dentro del aula, pero debemos preguntarnos también qué ocurre con aquellos que enfrentan condiciones económicas y sociales que dificultan su acceso y permanencia en el sistema educativo.
Porque la desigualdad educativa puede comenzar mucho antes de que el estudiante entre al aula.
Puede comenzar cuando una familia no dispone de recursos suficientes para cubrir los gastos asociados a la asistencia escolar. Puede aparecer cuando el transporte constituye una dificultad, cuando existen problemas de alimentación, cuando no se dispone de los recursos tecnológicos necesarios para determinadas actividades o cuando las condiciones familiares obligan a un niño, niña o adolescente a asumir responsabilidades que interfieren con su educación.
Por eso, el problema no consiste únicamente en determinar si existen suficientes centros educativos. También debemos preguntarnos:
¿Todos los estudiantes tienen realmente las mismas condiciones para llegar a esos centros, permanecer en ellos y aprovechar la educación que reciben?
Esta es una pregunta que merece mucha más atención.
Tener una escuela construida cerca de una comunidad es importante. Pero la infraestructura, por sí sola, no garantiza igualdad de oportunidades.
La pobreza también puede convertirse en una barrera educativa
Cuando un estudiante no puede aprovechar plenamente su derecho a la educación debido a las condiciones económicas de su familia, estamos ante una dimensión de la desigualdad que no puede ignorarse.
Por eso, hablar de igualdad educativa requiere mirar más allá de las paredes de la escuela, de charlas sobre la importancia de la igualdad de género. También debemos observar el entorno en el que vive el estudiante.
Significa que las condiciones socioeconómicas pueden crear barreras que el sistema educativo debe reconocer y atender.
Por eso, abordar la igualdad de género sin considerar las condiciones sociales en las que viven los estudiantes puede dejar incompleta la discusión del tema que por años solo se aborda como un disco rayado, sin que se evalué lo que realmente significa la igualdad.
La igualdad debe analizarse desde una perspectiva más amplia, por lo que se debe de preguntar ¿qué obstáculos concretos impiden que cada estudiante pueda desarrollar sus capacidades?
No basta con charlas y paneles sobre el tema , se debe hacer de la teoría una práctica con el ejemplo , porque si todavía el tema se sigue abordando como una simple charla ,como un extra curricular, por fechas alusivas en las escuelas, continuaremos construyendo estereotipos sobre aquello que corresponde a cada sexo, sin que todavía se haga consciente que niños, niñas y adolecientes tienen derecho a recibir una educación sin preferencia y sin que las limitaciones económicas sean el causante de oportunidades.
Basta de hablar de igualdad como un simple tema que figura en la agenda global, sin que se tomen acciones concretas o de lo contario, la desigualdad en las escuelas está muy lejos de erradicarse .












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