Hace unos días viví una situación que todavía me produce tristeza, impotencia y preocupación sobre el rumbo que estamos tomando como sociedad en República Dominicana.
Todo comenzó cuando un agente de tránsito me detuvo sin razón aparente. Me solicitó los documentos de mi vehículo y comprobó que todo estaba en orden. Sin embargo, luego de hacerlo, decidió hacerme una pregunta completamente fuera de lugar: si tenía novio o esposo.
Preferí no responder.
A simple vista, algunos podrían pensar que se trata de algo “sin importancia”, pero no lo es. Porque cuando una autoridad utiliza su posición para hacer preguntas personales innecesarias, se cruza una línea entre el deber institucional y la incomodidad ciudadana.
Luego de seguir mi ruta pensé o más bien me cuestione lo siguiente: Y si hubiese dado la respuesta correcta a la pregunta del agente de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre (DIGESETT) ¿Qué continuaba? ¿Una multa?
Pero lo más impactante ocurrió esa misma noche.
Mientras conducía frente al cuartel policial de Marilópez, en Santiago, un agente vestido con uniforme militar decidió atravesarse caminando lentamente frente a mi vehículo mientras yo iba en movimiento. Tuve que frenar de golpe para evitar atropellarlo. Gracias a Dios no venía otro vehículo detrás, porque el desenlace pudo haber sido mucho peor.
Al bajar el cristal, del lado del pasajero donde iba mi compañera de trabajo, únicamente le expresé que ser autoridad no le daba derecho a actuar de esa manera.
Su respuesta fue inmediata:
“Cállese la boca, maldita perra”.
Luego añadió:
“Mejor sigue, MMG, para no detenerte”.
Lo más doloroso no fueron solamente las palabras. Fue la normalidad con la que ocurrió todo. Otros agentes presentes simplemente se rieron.
Y entonces uno se pregunta: ¿qué está pasando en nuestro país?
¿Cómo llegamos al punto en que muchos ciudadanos sienten más temor que tranquilidad frente a quienes deberían protegerlos?
No hablo únicamente de mi caso. Constantemente vemos denuncias de abuso de poder, atropellos, violencia física y verbal ejercida por personas llamadas a garantizar el orden y la seguridad.
En mi caso fue violencia verbal e intimidación. Pero toda violencia ejercida desde una posición de poder deja consecuencias.
Lo más preocupante es que muchas personas prefieren callar por miedo. Miedo a represalias. Miedo a complicaciones. Miedo a enfrentarse a instituciones donde, demasiadas veces, la autoridad parece confundirse con superioridad.
Esa noche incluso tuve que cambiar mi ruta para regresar a casa, simplemente para evitar volver a pasar frente a ese cuartel.
Y eso no debería pasarle a ningún ciudadano en un Estado de derecho.
No escribo estas palabras desde el resentimiento. Las escribo desde la tristeza y desde la preocupación genuina por el país en que vivimos.
El uniforme debe representar seguridad, respeto y servicio.
Nunca miedo.
Nunca humillación.
Nunca abuso.
Porque cuando quienes deben protegernos se convierten en motivo de temor, algo muy grave está fallando como sociedad.












Deja una respuesta